Practico y preciso, hombre acústico en
su eco,
despojado de fallas, de impiadoso
gesto.
Abrigado en el
aura de la gloria histórica,
de caudal en
caída en perfecto ángulo.
Inseparable
mármol de aclamada línea,
con solo venas
en cause de piedra blanca.
Están
absueltos de tus hombros sin tiempo,
lo adverso del
mortal y su batalla por vivir.
Aparecen en
tus líneas, lo corpóreo del don
del arte
humano, como tallado, amable y duradero.
En arpegios de
música, se deshacen las miradas
de los
casuales visitantes, que acopian el lugar.
En un quizás y
con el miedo de la escena diaria,
solo la luz
del sol protege y ampara tu presencia.
Quitando de un
golpe seco, ruidoso y tímido,
el aire
estanco de tus días de silencio eterno.
Habla sin
palabras, hace de su arte el símbolo,
sin ruidos
escandalosos, grita a todos su belleza.
Permanece,
sobre la vereda lacónica de su largo día,
Atravesando la
tempestad irreversible de la historia.
En Florencia,
ese día llovía, ese día llovía como tantos
otros, se humedecían
las farolas negras y los puentes.
Una mujer, con
una elegancia exacta, juntaba sus pies
para un
retrato casual, ofreciendo un final sensible y delicado.
Florencia, 30/05/10